Obdulia se turbó un poco; pero reponiéndose inmediatamente:
—Eso prueba su gran modestia, padre. Un santo como usted no debe temer nada en ninguna situación. Yo, sin ser santa, estoy perfectamente tranquila.
Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respondió con benevolencia, y un poco más sereno y confiado, volvió a entablar conversación con ella, procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto más cuanto que deseaba alejar el malestar y la inquietud que se cernía sobre ellos.
Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vitualla que traían. Mientras duró la cena, Obdulia estuvo oportuna y alegre. El clérigo le seguía el humor con cierta afectación para ocultar el embarazo que a su pesar le dominaba.
Había cerrado la noche, una noche soberbia de Castilla, fría y azul, alumbrada por los rayos de la luna, que trasformaba la llanura en un vasto lago dormido. El tren corría a toda velocidad por el medio rompiendo con sus silbos estridentes, con el fragor de su marcha, el encanto de aquella claridad suave y tranquila. Los altos chopos parecían flotar sobre ella como fantasmas envueltos en el blanco cendal de la neblina.
Los cristales del coche se empañaron al fin. Obdulia se apartó de su confesor y fue a arrebujarse en un rincón, tiritando de frío. Luego se puso a hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. Escribió su nombre: Obdulia Osuna; después el de su confesor, Gil Lastra. Y volviéndose al rincón, se rebujó de nuevo. El P. Gil, que había leído bien desde su sitio los dos nombres, se acercó a la ventanilla, con pretexto de estirar las piernas, y escribió debajo del suyo con letra clara: presbítero.
Trascurrió un rato en silencio. Ambos parecían soñolientos. Obdulia dijo al cabo:
—Con permiso de usted, voy a acostarme un poquito, padre. Tengo sueño.
Y se estiró sobre los almohadones, echándose una manta encima de las piernas.
—¡Ay! ¡ay!—exclamó a los pocos instantes.—¡Cómo me lastiman las botas!... ¡Claro, como las he humedecido primero y luego puse los pies sobre el calorífero, se han contraído!... Vamos, padre—añadió sonriendo graciosamente,—sírvame de doncella una vez siquiera... Quítemelas usted, que yo no puedo.