—Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta butaca—dijo ella desde una sillita, mirándole con dulzura.—Ya estoy bien. He pasado una noche muy mala.

—¿Ha tosido usted?—preguntó el excusador, sentándose.

—No... la he pasado toda llorando.

El clérigo la miró estupefacto.

—¿Cómo es eso, hija mía?

Obdulia se llevó el pañuelo a los ojos y no contestó. Al cabo de un largo silencio dejó caer el pañuelo, se apoderó de una mano de su confesor y la besó con efusión repetidas veces y la llenó de lágrimas, exclamando:

—¡Soy muy desgraciada!

El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apretó con más fuerza.

—No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá absolverme ni sacarme del abismo en que he caído...

—Cálmese usted, hija—repuso el clérigo, impresionado.—¿Acaso se arrepiente usted de su decisión?... Por eso no ha caído usted en el abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. Tiene usted un año de noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...