—Gracias, gracias, señor—dijo el presbítero, cuya fisonomía expresaba una calma profunda, una serenidad íntima que llamaba la atención.—Usted me cree muy desgraciado, ¿verdad?
—Mucho... Me inspira usted una gran compasión—respondió con cara compungida el curial.
—¿De modo que no se cambiaría usted por mí en este momento?
El empleado hizo una mueca de susto.
—Por desgracia... Ya comprenderá usted... ¡El caso es terrible!...
El P. Gil permaneció un instante mirándole fijamente con una dulzura no exenta de lástima, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el hombro:
—Pues haría usted mal, señor, haría usted mal. Podía usted muy bien dar su libertad, su honor, su posición y su familia por hallarse como yo... y todavía saldría usted enormemente ganancioso.
El curial le miró con estupor. Por sus ojos pasó después un relámpago de inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresuró a despedirse y salir.
Quedó solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lóbrega y sucia. Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cómoda tosca y algunas sillas de paja componían todo el mobiliario. Por la única ventana enrejada que la esclarecía, abierta a bastante altura, entraba en aquel momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, después de permanecer un momento inmóvil en actitud reflexiva, fue a colocarse debajo de aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brilló con reflejos de oro, su tez blanca adquirió una trasparencia singular. Su cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, parecía una columna de ébano destinada a sostener aquella cabeza.
Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura, palpitando bajo su caricia como un pájaro prisionero. Alzó los ojos a la ventana. Por entre las rejas percibió el azul del firmamento, trasparente, infinito, convidando a volar por él.