Muchas y variadas fueron las que la valerosa doncella consiguió sobre la carne en el espacio de pocos meses. Así como los hombres corrompidos agotan su imaginación en busca de nuevos placeres, así ella sobresalía en la invención de variados tormentos para su delicado cuerpo. La aprobación de su confesor, las frases de elogio que a despecho suyo se le escapaban de los labios, indudablemente calentaban su fantasía y aguijaban sus ímpetus. Un día se pasaba veinticuatro horas sin tomar alimento, otro echaba ceniza en el plato que más le gustaba, otro se ponía una camisa de lana burda a raíz de la carne, otro se disciplinaba hasta saltar la sangre, etc.

Cierta tarde se acercó al confesonario con la faz más radiante, con un gozo intenso pintado en sus grandes ojos negros y misteriosos. Acababa de lograr un nuevo triunfo sobre el enemigo y ansiaba comunicarlo a su confesor. Pero éste, en vez de entretenerse en coloquios místicos como otras veces, y de enterarse con afectuoso interés de sus penitencias, de sus luchas con la carne, se atuvo severamente a los pecados. Se hallaba quizá en un momento de melancolía o de concentración del pensamiento. Mantúvose en una actitud reservada, hablando poco, tratándola casi como a una desconocida. Esta reserva impresionó a la joven. Hallábase ella precisamente en uno de esos momentos de expansión, en que la alegría espiritual rebosa del pecho. Pensaba hacer partícipe de ella a su virtuoso confesor. Mas hete aquí que a éste le da por callar y abreviar la confesión todo lo posible. La joven se levantó al fin triste y sin poder reprimir un movimiento de despecho. Dio algunos pasos por la capilla, que estaba solitaria. De repente, no pudiendo vencer el deseo de hacer saber a su confesor la terrible penitencia que había llevado a cabo, se acerca de nuevo al confesonario, no por la ventanilla, sino por la puerta.

—Padre—dice con voz temblorosa, ahogada por la emoción,—se me olvidó decir que esta noche hice una penitencia que acaso, por excesiva, pudiera ser un pecado.

El joven presbítero levantó los ojos sin comprender bien, expresando una muda interrogación.

—Me he quemado con una plancha.

El confesor permaneció silencioso, mirándola con ojos distraídos.

—Me he puesto la plancha ardiendo en un brazo...

El mismo silencio. El P. Gil, o estaba pensando en otra cosa, o el estupor le había inmovilizado.

Sin duda creyó lo primero Obdulia, porque dijo con cierta viveza:

—Sí, señor, me he hecho en el brazo esta quemadura...