La aparición de su nuevo compañero vino a turbar aquella deliciosa Arcadia mística. Las ovejas, acometidas súbito de agitación insana, se pusieron a saltar y encabritarse cual si escuchasen los sones de un caramillo encantado. Ni las pedradas ni los halagos lograron retener a una gran parte de ellas. Quedó en cuadro su rebaño, y él, que había tenido fuerzas para gobernar un hato tan considerable, desmayaba ahora al verse solo, al percibir la hostilidad con que le miraban algunas de sus antiguas y queridas ovejitas. Porque no solamente ya no llegaban a su casa los ricos dones ultramarinos y nacionales de otros tiempos, sino que con profundo dolor notaba que empezaba a discutírsele. Decíase entre las damas piadosas, y esto llegaba a sus oídos, que, si era cierto que tenía palabra más fácil que el joven excusador, la mayor parte de las veces «no había sustancia en lo que decía,» y que éste le aventajaba mucho en peso, en razón natural y en instrucción. Hubo ocasión en que al lanzar uno de sus chistes más picantes, relacionado como siempre con las materias fecales, apenas produjo risa entre las oyentes, y supo que una de ellas, después que se fue, le había calificado de grosero y mal educado. De las gracias corporales no había que hablar, pues bien se le alcanzaba que nunca podría competir con la delicada y gallarda figura de su rival. En resumen, D. Narciso se sentía minado en los cimientos y temía a cada instante venir al suelo. No es maravilla, pues, que la mirada y el saludo con que acogió al joven presbítero fuesen menos afectuosos de lo que debía esperarse. No recordaba poco ni mucho la amable recepción que San Juan Bautista, maestro querido y celebrado, hizo al joven y divino discípulo que le había de eclipsar en seguida.

—No le riñas, mujer. ¿Sabes tú, por ventura, si le será fácil salir de noche, con el miedo que D. Miguel tiene a los ladrones?—gritó D. Martín de las Casas desde la mesa de tresillo donde jugaba con otros dos, un cura y un seglar.

—No, señor; no es eso—dijo el clérigo, ruborizándose bajo las miradas de toda la tertulia.

—¿Que no tiene D. Miguel miedo a los ladrones?—preguntó con acento afectadamente brusco el señor de las Casas.

—Sí que lo tiene—repuso sonriendo dulcemente el joven, sentándose al propio tiempo al lado de su madrina.—Sus razones habrá. Los ricos son los que temen. Los pobres, como yo, están tranquilos.

—Pero ¿tendrá el señor cura tanto dinero como se dice?—preguntó D.ª Marciala con curiosidad.

—Yo no puedo decir a usted, señora... Presumo que sí, porque atiende mucho a su hacienda. Sus gastos son pequeños, y en vez de aumentarse los va restringiendo cada día más. Donde entra mucho y sale poco no tiene más remedio que hacerse montón.

—Los derechos parroquiales deben producir mucho, ¿verdad?—preguntó con más curiosidad aún la esposa del boticario de la plaza.

—Ya comprenderá usted que en una parroquia tan extensa como ésta no han de ser cortos.

—Pero D. Miguel perdonará muchos de ellos—replicó la señora, con una leve inflexión cómica en la voz.