Era la hora del oscurecer. Desde lo alto de la Gusanera, donde Basilisa vivía, veíanse llegar al muelle ya las lanchas pescadoras. Una muchedumbre las aguardaba. Por la plaza, y por la calle larga que va desde ésta a la iglesia a orillas del mar, discurría también bastante gente. Basilisa tomó por la carretera de Rodillero, que ciñe la orilla opuesta da la pequeña ensenada frente por frente de Peñascosa, y marchó apresuradamente, casi a la carrera.
—¿Por qué corres, mamá? ¿Dónde vamos?—preguntó el niño acariciándole con sus manecitas la cara.
—Vamos al cielo, vida mía—respondió la desdichada con los ojos nublados por las lágrimas.
—¿Vamos con papá?
No pudo responder; se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Vamos con papá?—insistió el chiquito.
Detúvose un instante para tomar aliento.
—Sí, vamos a verle, rico mío—dijo al cabo.—¿No quieres ir al cielo con él?
—No; yo contigo.
Y al mismo tiempo la apretó el cuello con sus tiernos brazos y la cubrió el rostro de besos.