A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000 duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.
—¿Adonde irá este títere?—preguntó por lo bajo, después de corresponder fríamente a su saludo.
Montesinos alzó los hombros con indiferencia.
—¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.
—¡Qué horror!—exclamó ella riendo.
En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento, hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín, el cual se presentó inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.
Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:
—Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.
—Acabo de llegar de Madrid—articuló con trabajo la dama,—y me he dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida... Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a empellones... ¡sí, a empellones!
Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro con el pañuelo.