—Buenas noches, padre, buenas noches.

Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la vez a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió fríamente:

—Buenas noches, hija.

—¿Va usted a hacer oración, o viene usted?—preguntó con el mismo retintín y sonriendo.

—Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo de asuntos de mi ministerio—replicó en tono severo el P. Gil.

Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó al parecer.

—Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!

Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:

—¡Y que aproveche!

La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una mirada de estupor y curiosidad.