—¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará usted, no!
—Vamos, Ramiro—dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano sobre el hombro,—déjanos paso, que éste es un asunto delicado y que no te concierne.
—Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.
—¿Por qué no puede pasar?—preguntó con entereza el sacerdote, alzando la cabeza.
—Porque aquí no entran p.... ni ladronas.
Ante aquella injuria bárbara, la dama se tapó el rostro con las manos y dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo por un brazo, le sacudió con violencia.
—Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso franco, que a usted no le toca en este asunto más que oír, ver y callar.
Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:
—Venga usted, señora.
Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope, se puso a correr delante de ellos, gritando: