—Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy triste—replicó sonriendo el P. Gil.—Cualquier sacrificio haría por borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre elocuente!...
—La elocuencia, señor excusador, ha servido en este mundo para que se cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor que la que usted me propone.
—Para usted es una vileza lo que para mí sería un acto noble y generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que se refiere a lo que es dignidad o indignidad...
—Lo siento por usted, padre—repuso el mayorazgo, tendiéndole la mano.
—Y yo por usted, D. Álvaro. Buenas noches.
Al quedarse solo éste, siguió paseando todavía unos momentos; luego se paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en presentarse Ramiro.
—Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?—preguntó el viejo, sin aguardar las órdenes de su amo.
—No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores que suba.
El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.
—¿Y vas a consentir que esa...