Se esforzaba en aparecer serena y risueña.

—Conque solita, ¿eh? Solita a las ocho de la noche—dijo D. Martín en tono de broma.

—¡Ay, si supieran ustedes qué agitada venía!... Anda tan poca gente por la calle. En un momento en que me vi sola, eché a correr hasta que hallé a unas mujeres.

—¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que aquí el P. Norberto caza con lazo?—tornó a decir D. Martín con ático humorismo de cuartel.

La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña Eloisa dirigió una mirada severa a su marido.

—Vamos, no empieces a barbarizar, Martín.

—¡Señor, yo no hablo más que de la posibilidad de una equivocación!—replicó el inválido riendo.—Y si no, que me diga el P. Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una señorita y esas amiguitas suyas.

—No son amigas mías, D. Martín—replicó riendo benévolamente el buen sacerdote;—son ovejas descarriadas...

—Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino besos...

—¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín!