—Regulares, regulares—respondió el clérigo con sonrisa de satisfacción, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su antigua ama, que le pagó con otra brillante y cariñosa.

—¿Dónde los compra usted?

—No los compro: me los regalan.

Otro cambio de miraditas risueñas y apasionadas.

—¡Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. ¿Se puede saber quién es el señor tan generoso...

—No es señor; es señora.

Otra miradita.

—¡Ah, pícaro! Ya sabía yo que gozaba usted de gran favor entre las damas.

Por la fisonomía alegrísima de D.ª Serafina corrió una nube que la oscureció momentáneamente.

—Es regalo de D.ª Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaños—se apresuró a decir el presbítero.