—¡Atrévase usted a decir que no los conoce!
—Hombre, sí... de algunos sé... Por desgracia, necesito entrar en ellos alguna vez...
—Este señor se dedica a las jóvenes extraviadas—continuó D. Martín, dirigiéndose a su compañero, que sonreía lleno de asombro.
—¡Jesús! Considere, D. Martín, que este señor no me conoce...
—Pues para que le conozca a usted hablo.
D.ª Eloisa, de lejos, echaba miradas de terror a su marido, observando la confusión de D. Norberto y la risa de los otros.
—Bueno—prosiguió el señor de las Casas, haciéndose prudente y conciliador,—yo no diré, D. Norberto, que usted vaya con mala idea a esas casas de perdición; pero lo que sostendré siempre es que les está usted prestando un gran servicio: está usted haciendo su agosto.
—¿Cómo, cómo?—preguntó asustado el clérigo.
—Pues muy sencillo; ayudando a que se eleve el precio de la mercancía. Recuerde el ejemplo de Carmen la zapatillera...
Ésta era una muchacha a quien el P. Norberto había conseguido sacar de una casa de prostitución y llevar a un convento. Al cabo de algún tiempo se salió y volvió a la mala vida. Tornó D. Norberto a persuadirla al arrepentimiento, y otra vez ella se vino del asilo y se entregó al vicio.