Concluido el Te Deum, volvieron, como es lógico, a restallar en el aire otras cuantas docenas de cohetes de dinamita. Los simpáticos hijos de la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron a punto de perecer, víctimas de su arrojo, al apoderarse de uno que aún no había chasqueado. D. Miguel, cuando supo que se habían quemado la cara y las manos, manifestó, de acuerdo con todos los Santos Padres, que creía en la intervención directa de la Providencia en las cosas humanas.
Poco después dio comienzo el banquete en el teatro. Exceptuando el obispo y sus familiares, todos los huéspedes de Lancia asistieron a él. Eran más de cien los comensales, que ocupaban tres mesas paralelas, situadas en el recinto de las butacas. En el escenario se colocó el coro de muchachas ensayadas en el Ágora por D. Gaspar de Silva y el director de la murga municipal. Los palcos estaban ocupados por cuanto de elegante, aristocrático y exquisito guardaba Peñascosa en su seno. Apenas sirvieron la sopa, se dejó oír el himno de D. Gaspar. Comenzaba por una especie de recitado de notas lúgubres, prolongadas, ejecutado por un tenorete, ebanista de oficio. Decía, si no recordamos mal:
«Peñascosa, triste ayer,
Hoy venturosa,
Sacude la apatía en que vivió,
Y se lanza al progreso entusiasmaaaada
Y se laaaanza al progreso con ardor.»
Después de esta tirada, sombría como un lamento, que el tenor cantó con todo el énfasis de que es susceptible un ebanista en casos semejantes, las doncellas arremetieron vigorosamente con el alegro.
«El pueblo animoso
Y lleno de esperanza
A gozaaaaar se lanza
Con mágico ardor.»
Este himno de corte clásico, y que bien puede compararse, sin desmerecer, con los más inspirados de los sacerdotes salios, en el caso de que conociésemos alguno, despertó inmediatamente en los comensales y en el público mil ideas de progreso indefinido y perfectibilidad. Por un momento todos aquellos espíritus elevados vivieron dos siglos más adelante y vieron con los ojos del alma una Peñascosa ideal cuajada de fábricas y cervecerías. ¡Poder maravilloso de la poesía! Se aplaudió furiosamente con las manos y con las cucharillas. Y aunque algún personaje de espíritu ligero y afeminado manifestó por lo bajo que lo que él aplaudía eran los ojos negros y los dientes blancos de las peñascas, tenemos la certeza de que la mayoría supo apreciar perfectamente la intención pura y el clasicismo del himno del vate de Peñascosa. La prueba de ello es que cuando se escuchó en una de las pesebreras la voz de: «¡Que salga el autor!», en todas las demás se pusieron a gritar lo mismo, y los convidados expresaron con la boca llena idéntico deseo. D. Gaspar salió al fin al escenario y avanzó, doblado como un arco, hasta el borde del tablado. Después, haciendo un esfuerzo sobre sus callos, se volvió prontamente y fue a recoger del foro al autor de la música, un hombrecillo regordete, que se presentó con los pelos tiesos como un aparecido. El público rompió a aplaudir calurosamente al verlos cogidos de la mano. D. Gaspar apuntaba para el director de la murga como diciendo: «A éste se debe todo.» El director de la murga apuntaba para D. Gaspar, manifestando por mímica: «El triunfo es de este señor.» Por último, en la imposibilidad de expresar de un modo más plástico la profunda admiración que el uno sentía por el otro y la perfecta compenetración de sus espíritus entusiastas, se abrazaron en medio del escenario y permanecieron unidos bastante tiempo.
No sabemos qué influencia misteriosa, mágica puede ejercer sobre un concurso el acto de abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero siempre que lo hemos visto declaramos que produjo el mismo efecto sorprendente. El público se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el pañuelo, gesticula con violencia y hasta hay señoras que derraman lágrimas. ¿Por qué? No nos lo preguntéis. Creemos que la ciencia no se encuentra todavía en estado de dar una explicación satisfactoria a este enigma. Aquello fue un vértigo, un delirio; más de diez minutos duró el estrépito, mientras Euterpe y Talía permanecieron estrechamente abrazadas. Cuando empezó a sosegarse el tumulto se oyó uno voz que dijo: «¡Que se besen!» Al parecer, quien lanzó este grito fue un periodista de Lancia. Si se trataba de una broma, la verdad es que tenía bien poca gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se festejaba la regeneración moral y material de Peñascosa, era una insolencia, y como decía muy bien D. Juan Casanova, «no daba buena idea de la cultura de la prensa de Lancia.» No se besaron, pues, aunque D. Gaspar mostró ciertas tendencias a hacerlo, aproximando demasiadamente sus narices color violeta al rostro del aparecido; pero éste lo retiró, dando pruebas de prudencia, pues se hablaba en términos muy graves por Peñascosa de las narices de D. Gaspar.
Terminado el himno, comenzó de nuevo y se repitió indefinidamente hasta los postres. El gobernador volvió a dirigir la palabra al público. A unos gobernadores les da por destituir ayuntamientos, a otros por llevarse los colchones que les pone la Diputación provincial. A éste le daba por la elocuencia. Le contestó D. Peregrín Casanova, y tuvo ocasión de llamarle «mi distinguido compañero» y aludir a los altos deberes que impone el gobierno de una provincia, «que él había tratado de cumplir en otro tiempo en la medida de sus débiles fuerzas.» Habló también D. José María el boticario, abogando por el fomento de la religión como «elemento de progreso» (le quedaban ciertas frasecillas del tiempo en que era librepensador) y como «freno para los apetitos bastardos.» Habló don José el estanquero; habló D. Remigio Flórez, el fabricante de conservas alimenticias; habló el director de El Porvenir de Lancia (que hacía pocos días se había batido a sable con D. Rosendo Belinchón, director de El Faro de Sarrió). Y habló otra vez el gobernador. Un redactor de El Joven Sarriense trató de pronunciar algunas palabras, pero le interrumpieron con algunos murmullos desde los palcos, y se sentó muy desabrido. Por último, D. Gaspar de Silva avanzó por el escenario con un papel en la mano. «¡Silencio! ¡Chis, chis!... ¡Que se callen!—¡Silencio! ¡Fuera!—¡Chis, chis!» En medio de un silencio religioso, el famoso vate de Peñascosa comenzó a leer con voz dramática una Oda a la Religión. Los temas sagrados no eran su especialidad. Había preferido siempre poner la lira al servicio de la libertad y de las ideas democráticas. Su mejor composición era un soneto al pacto sinalagmático bilateral. Comprendiendo, sin embargo, con profunda intuición, el sublime destino que el cielo le había designado, cantaba, como los vates y semidioses de la antigüedad, todo lo que se ofrecía a su vista, la paz y la guerra, la democracia y los señoríos, la religión y el libre pensamiento. Esta oda, que empezaba: «¡Oh dulce religión inmaculada!» era inspiradísima y fue recibida con vivas muestras de aprobación. El banquete terminó de noche cerrada.
A las seis, el sacristán y algunos empleados del municipio comenzaron a iluminar los farolillos a la veneciana del Campo de los Desmayos, de tal modo que a las ocho estaban casi todos encendidos. La velada se presentó muy alegre. En uno de los ángulos del Campo bailaban los aldeanos al son de la gaita y el tambor; en otro hacían lo propio las artesanas al compás de la banda municipal. La gente discurría por el espacio libre cada vez con menos desahogo, pues la calle del Cuadrante no cesaba de vomitar blusas azules y pañuelos de percal sobre el citado Campo. Lo más exquisito de la sociedad peñasquense se refugió en el pórtico de la iglesia, estableciendo la consabida división de castas. Organizose un paseo inmediatamente donde los forasteros de Lancia pudieran apreciar de un solo golpe de vista todo lo grande y majestuoso que encerraba Peñascosa en su seno. Allí estaba la tertulia en masa de D.ª Eloisa, y además, otra parte de la nobleza de la villa, con la cual no hemos podido poner al lector en relación. Después de haber disfrutado por largo rato del placer de verse, como los inmortales en el Olimpo, aislados y encima del resto de los seres de la creación, aquella sociedad hizo irrupción en el Campo de los Desmayos, para contemplar los fuegos artificiales de los renombrados pirotécnicos palentinos. Entró sin descomponerse, con un desdén y una gravedad calculados para henchir de respeto el corazón de las castas inferiores.
Deslizándose como un mono por los parajes oscuros, buscando la proximidad de las mujeres obesas, y cuando no, la de las que estaban en regulares carnes, andaba nuestro amigo Osuna, el administrador de la casa Montesinos. A la hora en que le sorprendemos no se había ganado más que una bofetada; caso extraño, porque en estas noches de jolgorio solía encontrarse con media docena, por lo menos. Algo desengañado bajo este aspecto, no tanto por las bofetadas como por lo que las precedía, movíase impaciente echando miradas carniceras en torno suyo, sin hallar un sitio lo bastante ameno y deleitoso para fijar sus pasos. Aquella noche se habían dado cita todas las flacas de Peñascosa. Mas hete aquí que cuando empieza a arder la primera rueda de pólvora, columbra no muy lejos a la fresca D.ª Teodora, al sueño constante de su existencia, más radiante y más lozana que nunca, con sus cabellos blancos y sus mejillas rosadas de cutis terso y brillante. Verla y emprender la marcha hacia ella fue todo uno. Pero esta marcha en tales circunstancias era más difícil de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente se apiñaba a ver los fuegos y permanecía inmóvil, formando una espesa muralla. Nuestro jorobado la atravesó con arte diabólico, retorciéndose como una lagartija para pasar por los agujeros más estrechos. Después de un buen rato logró colocarse detrás de la simpática jamona. Estaba escoltada por los dos hermanos Casanova, que la habían acompañado en unión de la doncella. Continuaban disputándose su corazón, con empeño rabioso por parte de D. Peregrín, con noble y severa tranquilidad por la de D. Juan. En este certamen de amor la virtuosa y madura señorita padecía mucho, por creerse culpable de las reyertas que a lo mejor estallaban entre los dos hermanos. Procuraba conservar la neutralidad, pero se echaba de ver que D. Peregrín llevaba la peor parte. Explicábale éste, con el tono de suficiencia que le caracterizaba, algunos pormenores interesantes de la industria pirotécnica y citaba algunos fuegos que había visto, en su época de covachuelista, verdaderamente asombrosos. El pobre D. Juan, que no había salido jamás del estrecho recinto de Peñascosa y que no podía citar nada, callaba como siempre. Pero la pulquérrima jamona le dirigía de vez en cuando una mirada suave y una sonrisa más suave aún, que podían indemnizarle de su vida sedentaria.