Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y con frecuencia más atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y apetecer. Esos seres que William James llama «nacidos una vez» son los inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo. En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de aquel modo que los psicólogos americanos exaltan.
No seamos ilusos. La vida es áspera; la realidad, odiosa. El hambre, el tifus, el cáncer, la guerra, son huéspedes con los que hay que contar. ¿Quién nos hubiera dicho hace tres años que la Europa civilizada, iba á convertirse en un rebaño de tigres y chacales? Si los «nacidos una vez» de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos ó tanto peor. Para mí los verdaderos hombres son los «nacidos dos veces»; esto es, aquellos que se dan cuenta de su situación sobre la Tierra, de su origen y de su destino inmortal. El primero es el «hombre viejo» de San Pablo, en quien dominan todavía los instintos animales, que vive dormido en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el «hombre nuevo» que ha abierto sus ojos á la luz; el hombre espiritual, que se alza sobre su vestidura carnal como la crisálida deja el saquillo que le servía de cárcel para transformarse en mariposa. «La melancolía—decía el padre Lacordaire—es inseparable de todo espíritu que va lejos y de todo corazón que es profundo, y no tiene más que dos remedios: la muerte o Dios.» Bendita sea, pues, la melancolía, que nos revela nuestra condición de hombres. Quédese atrás en buena hora esa alegría inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad.
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Hace algunos meses publicó en la Revue des Deux Mondes el doctor Emmanuel Labat un artículo titulado: «Nuestro optimismo». Es muy digno de leerse: está perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria á la suya. El doctor Labat es un discípulo de la moderna escuela psicológica; particularmente William James ha ejercido sobre él una influencia decisiva. Pero el doctor Labat es médico y como tal no vacila en traer, cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las enseñanzas un poco nebulosas y panteísticas de la escuela, y las transforma cuando le acomoda en francamente materialistas.
Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operación del espíritu que razona, sino que viene de más lejos, de una fuente más profunda y más íntima. «El optimismo—dice—es el instinto de vida, el horror de la muerte, la alegría, el orgullo y la voluntad de vivir.»
Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener horror á la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservación es un abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene miedo alguno á la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es necesario morir. Era optimista el mártir cristiano que marchaba cantando al suplicio porque sabía que le esperaba una dicha inmortal, ó el musulmán que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un coro de bellas huries, ó el chino que se deja alegremente matar en América porque está seguro de resucitar en su patria. No lo es el que guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por más esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos.
Pues de este instinto de vida ó, como antes se decía, de este instinto de conservación hace derivar el doctor Labat el presente optimismo francés. Supone que el francés es optimista por naturaleza, y que este optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurasténicos como en cualquier otro país; quizá más. Y se comprende bien. El francés en general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla. Pues bien; en la estadística de la neurastenia el primer lugar lo ocupan los hombres de negocios. Además el francés posee un aguzado espíritu de crítica, y un crítico no es optimista jamás.
Por lo demás, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisión, la inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron á las proximidades de París noté bastante depresión y abatimiento, que en nada alteró, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolución.
Pero acaeció la batalla de la Marne, y el espíritu francés se exaltó de pronto, y reinó por algún tiempo un optimismo candoroso: se creyó en la victoria inmediata; hasta se pensó en la conquista de Alemania y la entrada en Berlín. Pasaron los meses, no obstante, y se vino á entender que no debía esperarse esta clase de victoria. El francés es razonador por excelencia. En otros países el hombre quizá ostente cualidades más altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando se toca á su vanidad nacional, en que suelen traspasar los límites de la razón. Pero saben volver á ellos prontamente y acomodarse con asombrosa facilidad á las cirunstancias.
Todavía se pensó, no obstante, por muchos que les sería posible romper las líneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el enemigo. Al pueblo en que yo habitaba llegó en el último Septiembre, con licencia por cinco días, un sargento. Es un grande amigo mío, notario de profesión, soldado por temperamento, hombre enérgico y valeroso.