—Señorito, perdone su mersé. ¿No e su grasia don Seferino?

—Ceferino me llamo—respondí mirándola con sorpresa.

Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, pálida y pobremente vestida, con un pañolito de seda blanco al cuello y la cabeza descubierta. Aparentaba bien cuarenta años; pero quedaba la duda de si sería más joven. Su rostro ofrecía más claramente las huellas del trabajo y la miseria que las del tiempo.

—¿Sanhurho?

—Sanjurjo.

—Pue tengo que darle a su mersé un recaíto...¿Quiere que entremo en el portal?

—Como usted guste—repuse, fuertemente excitada mi curiosidad.

Nos apartamos, en efecto, de la estrechísima acera, y ya dentro del portal, la mujer sacó del pecho una carta doblada y me la entregó. Rompí el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la firma. No la tenía.

—¿De quién es la carta?

—De mi señorita.