—¿Se ha hecho usted daño?

La hermanita del cutis transparente se puso colorada hasta las orejas. La otra comenzó a reír de tan buena gana, que le dirigí una rápida y no muy afectuosa mirada. Pero no se dio por entendida; siguió riendo, aunque para no encontrarse con mis ojos volvía la cara hacia otro lado.

—Hermana San Sulpicio, mire que es pecado reírse de los disgustos del prójimo—le dijo la madre.—¿Por qué no imita a la hermana María de la Luz?

Esta se puso colorada como una amapola.

—¡No puedo, madre, no puedo; perdóneme!—replico aquélla haciendo esfuerzos por contenerse, sin resultado alguno.

—Déjela usted reír. La verdad es que la cosa tiene más de cómica que de seria—dije yo afectando buen humor, pero irritado en el fondo.

Estas palabras, en vez de alentar a la hermana, sosegaron un poco sus ímpetus y no tardó en calmarse. Yo la miraba de vez en cuando con curiosidad no exenta de rencor. Ella me pagaba con una mirada franca y risueña donde aún ardía un poco de burla.

—Es necesario que usted se mude pronto; la humedad en los pies es muy mala—me dijo la madre con interés.

—¡Phs! Hasta la noche no me mudaré. Estoy acostumbrado a andar todo el día chapoteando agua—dije en tono desdeñoso afectando una robustez que, por desgracia, estoy muy lejos de poseer. Pero me agradaba bravear delante de la monja risueña.

—De todos modos... váyase, váyase a casa y quítese pronto el calcetín. Nosotras nos vamos a dar un paseíto por la galería, a ver si el agua baja. Quédense con Dios Nuestro Señor.