—Tengo el honor de presentar a usted al señor Sanjurjo, oficial de los ejércitos de S. M. don Carlos, que ha hecho la campaña del Norte.
—¡Oh! ¡Es usted militar carlista!—exclamó con vocecita dulce y sonriendo.—¡Cuánto me alegro de conocerle! ¡Pobrecito! ¡pobrecito!
No dejó de sorprenderme aquella compasión tan prematura, cuando yo no había narrado en su presencia desgracia alguna, ni siquiera había abierto la boca.
—Señora, la alegría y el honor son míos—pronuncié algo turbado.
—Y viene usted a hacer un viajecito por nuestro país, ¿verdad? ¡Cuánto me alegro! ¿Le gusta a usted Sevilla?
—Muchísimo. Es una ciudad encantadora.
—Muchísimo, ¿verdad? ¡Pobrecito! ¿Y piensa usted permanecer aquí todo el verano?
—Señora, eso depende de las circunstancias—dije echando una mirada de inteligencia a D. Oscar, quien se dignó aprobar con la cabeza.
—Vamos, al parecer, trae usted asuntos pendientes con don Oscar. ¡Cuánto me alegro! No le pesará a usted nada de ello, porque este bendito señor se pinta para arreglar cualquier negocio, por intrincado que sea. ¿De dónde viene usted ahora, de Navarra?
—No, señora; de Galicia, donde he nacido.