—Ya se ve bien por el resultado de tal unión—dijo el enano con mal humor.
—Es verdad... Lo dice por mi hija Gloria (dirigiéndose a mí).
—¿Tiene usted una hija?—preguntele yo con la mayor indiferencia.
—Sí, señor, tengo una hija, que parece amasada con rabos de lagartijas. ¡Jesús, qué criatura! Desde que ha venido al mundo, no se ha estado quieta un minuto en ningún sitio.
«Señora, no mienta usted. ¡Pues si está dos horas lo menos todas las noches sentada a la ventana hablando conmigo!»
Esto me apeteció decirle, pero me lo guardé. En su lugar pregunté, afectando cada vez más indiferencia:
—¿Hace muchos años que es usted viuda?
—¡Oh! Sí, bastantes. Mi marido tenía el pobrecito un genio demasiado vivo para poder vivir mucho tiempo. La pobrecita de mi hija se quedó huérfana a los siete años...
Y con fastidiosa prolijidad para cualquiera, menos para mi a quien interesaba aquella historia, me la contó, perdiéndose en un mar de pormenores, mientras D. Oscar, impaciente y cejijunto, tocaba el tambor con los dos sobre el brazo del sofá.
—¡Oh! ¡Si viera usted cuántos trabajos he pasado por todos estilos! Las travesuras de mi hija no me dejaban ni un ratito de sosiego. Luego, Dios nuestro señor quiso probarme con unos dolores tan fuertes de cabeza, que pensé volverme loca. Estos dolores me vinieron, sin duda, al ver que la fortuna ganada por mi pobrecito esposo se iba deshaciendo poco a poco y no podía hacer nada para remediarlo. Claro, a nosotras las mujeres nos engañan con mucha facilidad. ¿Qué sabía yo de administrar ni regir unos negocios tan complicados? Entonces fue cuando pedí auxilio a este bendito señor que usted tiene delante. Y en seguidita que él se puso al frente, las cosas cambiaron de golpe, y todo comenzó a ir como una seda. Él fue quien puso en claro las cuentas, se entendió con los acreedores, hizo marchar la fábrica, que estaba en pérdidas... En fin, ha sido la Providencia de mi hija y la mía. A este bendito señor debemos el poder hoy comer, porque si no hubiera sido por él, Dios sabe si estaríamos pidiendo una limosnita en las calles. ¡Si usted supiera la cabeza que tiene este bendito señor y lo dispuesto que es para todo!...