Vestime con premura y salí a la calle sin saber adónde iba, pero con la resolución incontrastable de ir a alguna parte. Por lo pronto, los pies me llevaron a casa del conde del Padul.
—El señor conde y la señorita vienen pasado mañana.
¡Cielos! ¡Dos días aún! ¡Una eternidad para mí! Pensé que en dos días había tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es de pena por lo menos de hambre, pues sentía que me faltaba el apetito y no comería a manteles mientras no se resolvieran mis dudas. ¡A quién acudir en aquellas críticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese, hubiera hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no siéndome posible, me decidí a buscar a Paca. ¿Dónde? Yo, que había estudiado matemáticas, historia de España, patología interna y tantas otras cosas inútiles, ¡no sabía dónde vivía Paca! Renegué cien veces de mi imperdonable abandono, de mi descuido para aprender cosa de tan reconocida necesidad. No había más remedio que aguardar la salida de las cigarreras de la fábrica, y aun así exponerme mucho, como me había sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernían de una vez sobre mi cabeza.
Pasando por la calle de Francos en tal estado de abatimiento, vecino al sepulcro, oí que me llamaban desde una tienda de sederías.
Eran las de Anguita.
—Venga uté acá, Sanhurho...—me dijo Ramoncita—. Ayúdenos uté a escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase más de una hora buscando un color que diga a toa estas fisonomía...
Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo permanecí grave. Entonces Joaquinita, mirándome atentamente a la cara, me preguntó con sorpresa:
—¿Qué tiene uté, Sanhurho? Etá uté paliito.
—¡Pachs! No me siento hoy muy bien.