—Pues yo creo que están ustedes en un error—saltó el hombre gordo.—Alemania es un país exclusivamente militar; todas sus fuerzas van a parar a la guerra; no se vive más que para la guerra... Además, ¿qué me dicen ustedes de Bismarck?... ¿Y de Moltke? Mientras ese par de mozos no revienten, no hay peligro que Alemania sea vencida.
—Yo le digo a usted, caballero—contestó mi patrón con sonrisa más acentuada, en tono excesivamente protector,—que todo eso está muy bien, pero que vencerá Francia.
—Mientras no me diga usted más que eso, como si no me dijera nada... Lo que yo quiero son razones—respondió el hombre gordo, un poquillo irritado ya.
—No es posible dar razones. Lo que le digo es que Alemania será vencida—manifestó mi patrón con grave continente y una expresión severa en la mirada que yo no le había visto.
—¿Qué me dice usted? ¿De veras?—replicó el otro riendo con ironía.
Entonces mi patrón, encendido por la burla, profirió furiosamente:
—Sí, señor; se lo digo a usted... Sí, señor, le digo a usted que vencerá Francia.
—Pero, hombre de Dios, ¿por qué?—preguntó el otro con la misma sonrisa.
—¡Porque quiero yo!... ¡Porque quiero yo que venza Francia!—gritó el señor Paco con la faz pálida ya y descompuesta, los ojos llameantes.
Nos quedamos inmóviles y confusos, mirándonos con estupor. Un mismo pensamiento cruzó por la mente de todos. Y reinó un silencio embarazoso por algunos segundos, hasta que uno de los bañistas, volviéndose para que no se le viera reír, entabló otra conversación.