—Atención, niñas, que ese señor viene por mí.
O bien:
—¡Una miraíta más, y me pierdo!
A la idea de que averiguasen que era gallego, daba diente con diente. Por eso había enmudecido repentinamente, y dejaba que el inspector me dijese en voz alta:
—Vamos, mire usted bien. ¿Es alguna de éstas?
Yo hacía signos negativos con la cabeza.
Aquel enjambre humano rebullía, zumbaba, produciendo en la atmósfera pesada, asfixiante, cargada de olores nauseabundos, un rumor sordo y molesto. Por encima de este rumor se alzaba el chicheo con que la asamblea me saludaba. Los ágiles dedos se movían, envolviendo el tósigo con que pronto se envenenaría toda España.
—¡Mariita! ¡Mariita!—dijo Nieto, dirigiendo una reprensión cariñosa a cierta joven a quien había sorprendido fumando.
—Don Celipe, es que me duelen las muelas.
—Pues cuidado con ellas, porque pueden salirte caras.