Hice como me mandaba, y asomando con precaución la cabeza pude ver en medio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la luna, a un hombre con blusa blanca que venía caminando lentamente a cuatro patas. De cuando en cuando gritaba: «¡Miau! ¡Miau!», procurando imitar el maullido de los gatos y consiguiéndolo a medias. Acercose al fin a la puerta, y una vez allí repitió con más fuerza y más a menudo sus formidables maullidos.

Hasta que salió Paca, y poniéndose en jarras comenzó a increparle.

—¿Eres tú, so arrastrao, porconaso, escandaloso?

—¡Miau! ¡Miau!—respondió Fierabrás, sin abandonar la posición cuadrúpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa y a frotarse contra ella, como un gato que quiere ser acariciado.

—¿No te dará vergüensa argún día de ser el hasmerreí der barrio? ¿No tendrás argún día compasión de tus pobresitos hijos?

—¡Miau! ¡Miau!

—¡Quita ayá, bandolero! ¡Vamos a ver cómo entras ahora mismito!

—¡Miau! ¡Miau!

—¡Entra Joaquín!

—¡Miau!