Y descalzándose apresuradamente un zapato y cogiéndolo por la punta comenzó a zurrarle la badana de lo lindo. Era increíble la prisa y la destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo, principalmente por la cara y las manos, que era donde más había de doler. Y al compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso:

—¡Esta por la gofetá que me diste el sábado! ¡Esta otra también!...¡Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!... ¡Esta por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora! ¡Esta también!... ¡Y esta!... ¡Y esta!... ¡Esta por lechonaso!... ¡Esta por sinvergüensa!

Fierabrás se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos, pataleando con furor. Hacía esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a conseguirlo, un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba agarrar a su mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increíble y le atacaba por otro sitio con mayor brío, de suerte que el infeliz se vio necesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte le vapulease a su buen talante.

—Vamos, Paca, déjele usted ya—le dije, interviniendo por humanidad.

—Aguárdese usted un poquirritiyo... Todavía no me las ha pagao todas—respondió sin abandonar su cruel tarea.

Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubierto de sudor, se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira.

—¿Sabuté?—me dijo—.En estos días que viene desjarretao como un toro, me aprovecho.

XII