—¡Eh!, ¡eh! ¡Eduardito!...
Detúvose un instante, miró y vino hacia mí.
—¿Dónde va usted tan escapado, hombre de Dios?
—No lo sé, don Ceferino—me respondió, posando sobre mí sus ojos vidriosos.
—¡Tiene gracia! ¿Y se iba usted como si le faltase medio minuto para llegar a la cita?
—¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!... ¡Me están pasando unas cosas!... ¡Unas cosas!
La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Hacía tiempo que se hallaba en un estado de debilidad extremada. Ahora parecía que hablaba como si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.
Mirele sorprendido y con curiosidad.
—¡Si supiera usted lo que me está pasando en este momento!
—¿Qué hay?