—Pero ¿cree usted que Fernanda...?—replicó con egoísmo feroz, sin tomar en cuenta para nada mi confidencia.

—¡Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo!

No se habían pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran cartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del puente, Paca. En la primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había perdido.

—No ha querido contestar, ¿verdad?—le pregunté sin saludarla, esforzándome por sonreír.

—¡Uf! ¡Cómo está con uté, señorito! Ni por un Señor Crucificao ha querido tomar la carta. Me ha dicho: «Paca, si no quieres que riña contigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese...»

—¿De ese qué?—pregunté, viendo que se detenía.

—De ese «tío»—agregó, avergonzada—. Uté dispense, señorito.

—Está bien, Paca—dije aparentando sosiego, pero con voz alterada por la emoción—. Muchas gracias por el interés que se ha tomado usted por mí...

Hubo un instante de silencio.

—Lo siento de too corasón, señorito. Yo creo que ustedes dos pareaban mu bien...