—No, señor. Las traía ya rotas de casa.
—¡Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.
—Sí, señor, sí; lo he notado hace días. Las he puesto con todo conocimiento.
No quise insistir, porque entendí que, si proseguía, iba a decirme que no tenía dinero para comprar otras, con la poca aprensión, vecina de la desfachatez, que la caracterizaba.
Isabel dio la señal de marcha. No sé a quién se le ocurrió subir al monasterio antes de ir a La Palmera, y emprendimos, en efecto, la ascensión. La comitiva se repartió en parejas. Yo, para hacer méritos a los ojos de Gloria, viéndola emparejada con Suárez, me fui solo delante. El camino es corto, pero bastante agrio.
—Sanjurjo—me gritó Joaquinita, con el sano propósito de desconcertarme—, muy melancólico anda usted hoy.
Me volví y respondí, sonriendo:
—Hay motivos.
—Cuéntemelos usted.
—Nunca.