—Vamos, dense ustedes la mano y no haya más regaños.

Me apresuré a coger la mano de mi adorada y la aprisioné entre las mías largamente. Al fin, la emoción venció a la vergüenza, y comencé a verter una serie de frases incoherentes, apasionadas, estúpidas, protestando de mi cariño. Estaba loco. Tantos disparates debí de decir, que Gloria soltó su mano bruscamente y se echó a correr hacia el fondo. Isabel me hizo con los ojos señas de que la siguiese.

—Gloria—le dije en voz baja, acercándome suavemente—, ¿sigue enfadada conmigo?

Por toda contestación se llevó el dedo a los labios, diciéndome con fingido enojo:

—Cargante, ¿no tenías tiempo de desirme esas guasitas cuando estuviéramos solos?

No pude contenerme. Me acerqué más a ella y la estreché fuertemente contra mi corazón. Una tosecilla seca de Isabel, cuya figura tapaba la puerta, nos avisó de que nos veía y que juzgaba aquello un poco descomedido. Gloria me rechazó; pero yo, tomándole las manos, preguntele con acento conmovido:

—¿Por qué me has hecho sufrir tanto?

—También yo he sufrido; calla.

Y se dirigió a la puerta, llevándome a su lado. Isabel dio algunos pasos hacia nosotros y, sonriendo maliciosamente, nos dijo:

—Veo que la reconciliación ha sido completa.