—No basta; es necesario arrepentirse y hacer propósito de no volver a pecar.

—¡Es difícil, hermana!

—Pues yo no quiero darle ocasión. Adiós.

Y se alejó corriendo; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y haciendo una mueca expresiva, sin dejar de correr, me dijo:

—Tenemos a la madre enferma, ¿sabe?

—¿Qué tiene?—pregunté avanzando muy serio, con el objeto de no espantarla y obligarla a detenerse.

—No sé... Cosas de mujeres cuando nos hacemos viejas, ¿sabe usted?—respondió con desenfado.

—Pues dígale que si necesita mis servicios, tendré mucho gusto en prestárselos. Soy médico.

—¡Ah! ¿Es usted médico? Pues ya tiene obra en que poner las manos. En cuantito lo sepa la madre, ya le está a usted llamando... váyase, váyase, criatura, si no quiere que le secuestren.

—Le repito que tendré mucho gusto en ello. Aquí aguardo a que me llame.