Procuré desenojarla, explicándole cómo había ido a ver a su tío Jenaro, en cumplimiento de lo acordado, y lo que con él me había sucedido, aunque ocultándole el incidente del Naranjero. No había para qué inquietarla. Habíamos llegado tarde porque el asunto de las manos atravesadas nos había retenido mucho tiempo. El relato de esto último le causó sensación, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tardó en envanecerse.
—Qué sangre tiene mi tío, ¿verdá, tú?
Compartí su admiración, aunque en el fondo me reservé el derecho de juzgar al conde como merecía. Contome otras cuantas atrocidades de él en este género, que no hicieron más que confirmar mi opinión. Al ver cómo le gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi hazaña; pero me detuve, considerando que podía traslucir el miedo que ahora sentía. Porque demasiado a menudo volvía la cabeza, explorando de un lado y de otro de la calle. Siempre veía aparecer al terrible Juan Ruiz ¡con la horrenda lengua de vaca!
También me distraía, a lo mejor, no diciendo cosa con cosa.
—¡Niño, tú parese que estás ajumao!... Y sí que lo estarás: ¡echas una peste a bebía! ¡Puf, quita allá, gorrino!
No me dejó acercar la cara a la reja.
Antes de irme le hice presente cómo al otro día me era imposible pelar la pava, a causa de la velada poética que daba en el Casino Español. Estuvimos a punto de reñir, no por la supresión de la pava, sino porque, al saber que asistirían señoras, se le antojó que se iban a enamorar todas de mí. La sospecha no era verosímil. Le expuse, razonablemente, que mi figura, por esto y lo otro, no merecía tanto honor. Sin embargo, debí de estar blando en la argumentación, porque ella insistía cada vez con más fuerza, y por un momento creí ser derrotado. Entonces capitulé. Le dije que, aun suponiendo, lo cual no era probable, que las señoritas que allí asistieran se enamoraran de mí, nada malo podía redundar para ella, puesto que yo estaba ya perdidamente enamorado, y en mi corazón no cabía otro amor. Todavía se defendió, pero en retirada, negando mi cariño, para verme afirmarlo cada vez con más brío. ¡Si ella pudiese ir! ¡Qué feliz sería asistiendo a mi triunfo! Pero no había que pensar en ello siquiera. Persistía en creer que nuestros asuntos marchaban mal, que era necesaria, de todo punto, la intervención del tío Jenaro porque tenía la seguridad de que su madre no consentiría buenamente en nuestro casamiento.
—Por supuesto—exclamó—, es igual que quiera o no quiera... Yo me caso contigo así tenga que escaparme por la alcantarilla.
Vi sus hermosos ojos brillar con una expresión de orgullo y bravura que me conmovió hondamente.
El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer despertaba en la mía energía que no sospechaba existiese. Le apreté la mano con fuerza. En aquel instante no temía a nadie en el mundo, incluso al Naranjero.