Algunos transeúntes ya habían acudido al escuchar mis voces.

—Vamos, apártese usted—me dijo el hombre desconocido, tratando de echarse sobre mí.

Pero di un paso atrás y, sacando el revólver, grité:

—¡No pasarán ustedes, canallas, miserables! Suelten a esa joven que llevan secuestrada...

En un instante se llenó aquello de gente. Mis gritos eran horrendos. Deseaba que el escándalo fuese gordo y viniese la Policía cuanto más pronto.

—Suelten ustedes a esa joven, secuestradores—proseguía yo, agitando el revólver—. Para que ustedes la encierren en la prisión, tendrán que pasar sobre mi cadáver.

—No grite usted tanto, buen hombre—dijo el tenedor con rabioso acento.

—¡Ah! ¿No quieren ustedes que se sepa?—exclamé con voz campanuda de cómico de la lengua—. ¡Pues yo sí! Quiero desenmascarar a los canallas. No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. La Inquisición se ha suprimido en España hace mucho tiempo.

Este recuerdo oportunísimo me captó la simpatía de la gente. Tanto, que cuando el acompañante desconocido del tenedor se arrojó sobre mí de improviso y me sujetó la mano con que empuñaba el revólver, un hombre del pueblo le sujetó a la vez, diciendo:

—¡Aquí no se hacen canalladas! Deje usted que vengan los guardias.