—Porque... yo presumía—aquí comencé a vacilar y turbarme—que después de una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reñir con tu mamá..., ibas a estar abatida, melancólica...

—¡Melancólica! ¿Por qué?... Lo estaría si me hubieran enchiquerado allá en el colegio... ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como el pez en el agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿No vamos a casarnos?

—Bien...; pero creí que sentirías a tu madre.

—A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchísimo más... No te des tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi primera pasión fue un perro ratonero.

La verdad es que quien menos debía recriminar a Gloria por su alegría era yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso, excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que era el testimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.

Cambié de conversación; pero al poco rato, acometida, sin duda, de una sospecha, me dijo:

—Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?

—Por nada—respondí, sonriendo, con un poco de vergüenza.

—¡Ya!... Tú querías que hiciese un poco la comedia, ¿verdad? Que soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si la quieres así, busca otra... Yo no sé llorar sin gana...

Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y loé de corazón su franqueza. ¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza espontánea, sincera, rebosante de pasión y de alegría?