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A la tertulia de Anguita seguía asistiendo con bastante puntualidad mi ex rival Daniel Suárez. Desde la tarde aquella de la excursión a La Palmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia mí, decreció notablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendió que la lucha era imposible, y renunció a ella. Hasta me dio una explicación cierta tarde que me tropezó en las Delicias y se emparejó a pasear conmigo.

—Aunque a uzté le dizguzte, voy a pacear con uzté un ratiyo.

—¡Disgustarme! ¿Por qué?

—Porque uzté me aborrece..., confiézelo uzté...

—Pues, en efecto, no le tengo mayor simpatía; bien lo sabe usted.

—Mientra hemos zido rivales, ez natural que zucediese... ¡Pero ahora que me ha vito uzté caer en la mizma cuna y por do vece recogío...!

No pude menos de sonreír. Comprendí que tenía razón. Habló con la mayor franqueza de su posición y recordó todos los pasos que había dado para agradar a Gloria, haciendo burla de sí mismo con bastante gracia.

—Bazta de ezo... He eztao zacudiendo el árbol, y la naranja no ha caío... Uzté no ha hecho má que tocarle y ze le ha venío a la boca... Buen provecho le haga.

El triunfo me hizo generoso. En un momento olvidé lo que aquel hombre me había hecho rabiar, y se borró mi antipatía. Después de la escena violenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Suárez me dio la enhorabuena cordialmente y mostró interés porque aquel estado de cosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto más antes. Lo mismo en casa de Anguita que cuando nos tropezábamos en la calle, charlábamos como buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, que confidencialmente reíamos en un rincón, exclamó Pepita, al cruzar por nuestro lado: