—¿Qué? ¿Le hace a usted gracia el nombre de mi pueblo, verdad?—le pregunté, comprendiendo lo que pasaba en su interior.

—Pues sí, señor... dispénseme usted... me hace muchísima gracia—repuso, tratando de reprimir en vano las carcajadas que fluían a su boca.—Dispénseme, pero tanto bollo... vamos... es cosa que a cualquiera se le atraganta.

Después que rió cuanto quiso, me dijo:

—No creí que era usted gallego.

—¿Pues?

—No se le conoce a usted nada.

—¿Y en qué distingue usted a los gallegos, hermana?

—Pues en lo que les distingue todo el mundo... Está bien a la vista—replicó con algún embarazo.

Yo me eché a reír, adivinando que se figuraba que todos los gallegos eran criados o mozos de cuerda. Se puso un poco colorada y dijo:

—No es por nada malo... no crea usted que yo quiero rebajarlos.