XVI

EN QUÉ PARÓ LA HERMANA SAN SULPICIO

Pesaban estas consideraciones de tal modo en mi ánimo, que me vino la idea de abandonar en las garras de don Oscar, como precioso vellón, la mitad de la dote de Gloria, con tal de unirme pronto a ella y obtener la otra mitad. Confieso que este proyecto duró poco tiempo en la cabeza. ¡La mitad de la dote! ¡Cincuenta mil duros! La idea de desprenderme (los conservaba ya como míos) de esta cantidad exorbitante de duros me produjo tal desasosiego que la abandoné presto por insensata. Y de un golpe rebajé la cifra a la mitad. Si la dejaba de los dos millones veinticinco mil duros, bien podía darse por contento y facilitarme todos los medios para que el cura nos bendijese cuanto más antes. Pero, aunque duró mucho más, tampoco este arreglo consiguió echar hondas raíces en mi espíritu acongojado. Veinticinco mil duros tampoco son un grano de anís. Poníame a considerar la renta que de esta cantidad, bien administrada, se podía obtener, y me aturdía. Colocadas allá, en Bollo, con buenas hipotecas, podían dar cuarenta mil reales al año, sin manchar la conciencia.

Volví a rebajar la mitad. Me parecía que doce mil duritos no eran de despreciar por quien nada tenía que ver con ellos, máxime cuando no se le compraba ningún servicio extraordinario, sino tan solo que se callase y dejase hacer. Para no volverme atrás de este propósito, hablé del asunto al conde. Si tuviera mucho tiempo para rumiarlo, es casi seguro que concluiría por vacilar y arrepentirme; me conozco bien. No le dije a don Jenaro mi plan concreto; le hablé únicamente, en términos vagos, de convenio amistoso con la madre de Gloria, para lo cual no tenía inconveniente en ceder algunos de mis derechos.

Halló razonable mi pensamiento, y me prometió entender en el negocio y llevarlo a feliz remate. Pero ya sabía yo, por experiencia, lo que eran las promesas del conde. Lo que no se refiriese directa o indirectamente a sus placeres, le interesaba tan poco que podía esperarse sentado a que diera los pasos necesarios. Y así sucedió, como temía. Pasábanse los días, y nada me comunicaba de sus gestiones.

Yo no le hablaba de ello, porque temía impacientarle, y no me convenía por ningún concepto ponerme mal con él. Al cabo, al entrar un día en su casa, exclamó, como enfadado consigo mismo:

—¡Caramba! ¡Siempre se me olvida que tengo que ir a casa de mi prima Tula!... Pero no tenga usted cuidado, que de mañana no pasa...