Levantó la mirada húmeda hacia mí, diciendo con graciosa severidad:
—Mire que las religiosas no podemos escuchar requiebros: ya se lo he dicho.
—Éstos no son requiebros: no he dicho nada de su figura.
—Pero lisonjea usted mi carácter, que es lo mismo.
Aquella tarde estuvo triste y taciturna, lo cual me dio buena idea de ella, porque, a no dudarlo, la tristeza provenía de la noticia que le acababa de dar. Me vi precisado a conversar exclusivamente con la madre Florentina; porque pensar que se le podía sacar alguna palabra del cuerpo a la hermana María de la Luz, era pensar lo imposible. Cuando llegamos a casa, al tiempo de separarnos, la hermana San Sulpicio me dijo:
—Oiga: ¿podría proporcionarme esa novela de que me hablaba?
—¿La de Maximina?
—Sí: pediré permiso a la superiora y al confesor para leerla. Creo que me lo concederán... Y si no me lo conceden, la leeré de todos modos, aunque me cueste una severa penitencia.
Me hizo reír aquella desenvoltura, y le respondí:
—Sí, se la puedo dar a usted. Hoy mismo escribiré a Madrid pidiéndola.