—Es que tengo sabañones—replicó con peor humor y acento catalán bien señalado.
—¡Oh! Pues si usted padece de sabañones es porque quiere.
El catalán le echó una mirada mitad de indignación mitad de curiosidad.
—Sí, señor; porque usted quiere—insistió el otro con aire petulante y satisfecho, mirándole a la cara risueño.
El catalán bajó los ojos, sacudió levemente la cabeza y se dispuso a encender un cigarro.
—Sí, señor; yo, aquí donde usted me ve, he padecido terriblemente de sabañones.
Dijo esto con la misma entonación satisfecha y semblante risueño que si contase que había llegado al polo Norte.
—Pero no tuve más que ponerme unos polvitos que yo tengo, de mi exclusiva invención... y como con la mano.
—Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina, ¿cómo quiere usted que yo me haya curado con ella?—dijo el catalán.
—Es que yo puedo facilitárselos cuando usted quiera.