—Di, tío silbante, ¿sientes o no que me vaya?
—¡Oh, Gloria!—exclamé yo entonces con voz temblona.—¿Quién no ha de sentir perderla a usted de vista?
La monja levantó la cabeza vivamente y me miró de un modo que me turbó.
—Oiga usted, ¿quién le ha dicho que me llamo Gloria?
—La madre.
—¡Valiente charlatana! ¿Y no sabe usted que nos está prohibido responder por nuestro nombre antiguo?
—Lo sé, pero...
—¿Pero qué?
—Me complace tanto llamarla por ese nombre, que aun a riesgo de incurrir en el enojo de usted...
—No es en mi enojo, es en un pecado.