—¿De modo que no quiere usted confesar que le he sido simpático?—decía él.
—Nunca—respondía ella.
—¡Pero si lo estoy leyendo en sus ojos, criatura!
—Pues, hijo, hay que mandarle otra vez a la escuela, porque no sabe usted leer.
—Entonces, ¿por qué me llamaba usted con la mano hace poco?
—¡Qué gracioso! ¡Ni que fuera usted perrito!
—Si fuera perrito, ¿sabe usted lo que haría en este momento?
—¿Qué?
—La lamería la cara.
—Hombre, ¿sabe usted lo que haría yo con usted entonces?