Y la seguí con la sumisión de antes, como un colegial a quien llevan a encerrar. Sin embargo, durante el camino dirigí algunas miradas investigadoras a todos lados, con la vaga esperanza de ver la figura de mi monja entre las varias que cruzaban a lo lejos por las galerías desiertas. Por lejos que fuese, tenía absoluta seguridad de reconocerla. Salimos del primer patio y entramos en otro más grande con arquería de piedra también, pero sin cierre de cristales. Estaba empedrado, y en el medio había una fuente de piedra oscurecida por el musgo; cerca de ella un gran pilón cuadrado, donde lavaban ropa dos hermanas. En uno de los lienzos de aquel patio acerté a ver una puerta mayor que las otras, de arco ojival, con cruz de piedra encima, y presumí inmediatamente que era la de la capilla. En efecto, al llegar a ella la hermana se detuvo; yo me adelanté hacia la pila del agua bendita, la tomé con los dedos y se la ofrecí. La monja se dignó mirarme entonces, y sonriendo levemente de un modo compasivo dijo:
—Gracias, no podemos.
Y al mismo tiempo sumergió su mano en la pila y se hizo después varias cruces. Luego se arrimó a la pared, diciéndome:
—Pase usted.
No poco turbado por la negativa y por el aspecto imponente de la hermana, le dije para entablar conversación:
—¿La madre Florentina sigue bien?
—La hermana Florentina ha dejado de ser superiora hace algunos días. Está algo más aliviada, sí, señor—me respondió mirándome ya con un poco de curiosidad, pero sin abandonar un punto su aire protector, que, dicho sea de paso, no le sentaba mal.
—¡Ah! ¿No es superiora?—respondí distraídamente, no dudando que en aquel cambio alguna parte había tenido el bailoteo de Marmolejo.
—No, señor; hoy es la última de las hermanas. Pase usted.
—¡Arrea!—dije para mis adentros, cruzando por delante y metiéndome por la primera puerta que hallé.