Le di las gracias, pero ya no me escuchaba.

La hermana portera sabía darse tono, como sus colegas del Congreso de los Diputados.

Cumplí fielmente el encargo, dando sobre la puerta un par de aldabonazos capaces de despertar a los siete durmientes. Al instante me la abrió una mujeruca pálida, vivaracha, que llevaba, a pesar de sus cincuenta años lo menos, un clavel en los cabellos grises. Quedó sorprendida al verme y se apagó súbitamente la sonrisa que contraía sus labios. Sin duda por aquella puerta no entraban las visitas, y sí sólo las mandaderas del convento o alguno de sus dependientes. Y vino la pregunta consabida.

—¿Qué se le ofrecía a usted?

—¿Se puede ver a don Sabino?

Tuve que repetirlo otra vez. Antes que la vieja me contestase se oyó un vozarrón arriba, diciendo:

—Adelante. Suba usted.

Y en cuanto traspuse la puerta y tomé una escalerita estrecha con peldaños de azulejos guarnecidos de madera, atisbé en lo alto de ella la figura del cura, que, con grave pero amigable continente, me invitaba a subir. La casa era pequeña, por lo que pude observar. Me pareció un pabellón levantado en el jardín recientemente para uso del capellán. Por la parte de atrás daba a la calle.

Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me invitó a sentarme, y antes de hacerme pregunta alguna, me pidió permiso para mudarse los hábitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba, y allí se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Caín, inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginación para hallar el mejor medio de salir del apuro en que tan imprudentemente me había metido. Porque ¿qué iba a decir aquel buen señor en cuanto tuviera noticia de la inaudita pretensión que allí me traía? ¿No me tomaría por loco? Un sudor me iba y otro me venía.

Presentose al fin el clérigo con sotana y gorro de terciopelo negro y se plantó delante de mí diciendo: