—El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.
Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabló conversación diciendo:
—Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco melancólico. Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. ¿Estará usted por ventura enamorado?
En la entonación de la pregunta y en la sonrisa con que la acompañó comprendí que algo sabía, y me puse colorado.
—Vamos, hombre, no se ruborice usted. ¿Le trae a usted dislocado alguna sevillana? Pues adelante... Eso les pasa a todos los que llegan.
Después de negar por fórmula dos o tres veces, le manifesté, primero con frases ambiguas, después, según me iba animando, con toda claridad, el negocio que a Sevilla me traía. Por cierto que lo halló muy gracioso y original. «¡Una monja! ¡Eso es sabrosísimo, compadre! Choque usted esos cinco.» Mas apenas le había dado cuenta sucinta de mis amores, y cuando empezaba, con verdadera sed de confidencias, a narrar los para mí interesantísimos pormenores, observé que se quedaba distraído, con la mirada perdida en el vacío, y que una sonrisa de bienaventurado iba iluminando poco a poco su rostro varonil.
—Hombre... no es usted sólo el chiflado—me atajó de repente, ruborizándose un poco.—Si a usted le ha vuelto el juicio una sevillana, a mi me tiene muerto una sanluqueña.
Me sorprendió la emoción que advertí en él, porque no estaba ya en la edad en que el amor impresiona tan vivamente.
—Una sanluqueña rubia, doradita como una doblilla, con unos ojos negros, grandes, de macarena, que hay que comérselos. ¿He dicho algo, compare?
Y sin más preámbulos, me confió prolijamente sus secretos amorosos con la emoción ansiosa de un adolescente. La hermosa que le tenía sorbido el seso era una dama principal de Andalucía, la condesita del Padul, joven de diez y nueve años, heredera de una inmensa fortuna. La amaba y se creía correspondido; no porque ella hubiera soltado aún el sí apetecido, sino porque había dado de ello tales muestras tácitas que Villa no podía resistirse más tiempo a creerlo. No sólo le distinguía muchísimo en la conversación, y eso que tenía por docenas los adoradores, no sólo se timaba con él en el teatro y el paseo, sino que aceptaba las flores que a menudo le enviaba, y muchas veces se las ponía en el cabello o en el pecho. Un día, en cierta excursión de campo, bebiendo por el mismo vaso que la dama acababa de dejar, le dio la vuelta para poner los labios donde ella los posara. La condesita lo advirtió y le dirigió una sonrisa muy significativa. En otra ocasión, habiéndole ofrecido el brazo varios jóvenes, se había cogido al de él, diciendo: «El brazo de un militar es más seguro». Otra vez, pasando por debajo de sus balcones, le había dejado caer una rosa deshojada sobre su cabeza. Y aunque no le había declarado explícitamente su amor, no obstante, en una ocasión le había dicho que estaba enamorado, y ella, alejándose riendo, exclamó: