—Venga usted acá—me dijo ésta.—Voy a presentarle a mi otra hermana... ¡Joaquinita!... ¡Joaquinita!—comenzó a llamar.

—¿Qué se te ocurre?—respondió otra joven, saliendo de uno de los cuartos del patio.

—El señor Sanjurjo, un amigo de Villa...

—¡Ah! Tengo mucho gusto...

Me pareció más amable y más bonita que las otras dos. Era también rubia y de ojos azules, un poco más rellena de carnes, y de fisonomía dulce y simpática. Entabló conversación conmigo, informándose con interés de cuándo había llegado, si me agradaba Sevilla, etc. Pepita nos dejó, y Joaquinita me invitó a sentarme a su lado en una mecedora, cerca de un naranjo enano que crecía en tiesto de madera pintada de verde.

El patio no estaba bien alumbrado. La luz de dos quinqués que ardían sobre una mesa debajo de los arcos y las bujías del piano no llegaban a esclarecer enteramente el centro, donde las sombras se espesaban, gracias al follaje de los arbustos.

—Siéntese usted bien, Sanjurjo—me dijo, llamándome ya por mi nombre.

Yo, sin comprender por qué estaba mal sentado, hice un movimiento y seguí en la misma posición.

—Conque Sevilla le gusta a usted... ¡Milagro! La gente del Norte suele sufrir un desencanto al llegar aquí... La verdad es que las calles no son bonitas y anchas, como en Madrid y Barcelona, ni están bien cuidadas... Las casas son bajitas y de poca apariencia... Pero, siéntese bien, Sanjurjo.

Hice otro movimiento más pronunciado, y sonriendo afectadamente exclamé: