La saeta debía de ir envenenada, porque observé que Villa se inmutó un poco. Las palabras de Joaquinita fueron pronunciadas en un tonillo sarcástico que ocultaba gran irritación.

—Vaya, ya tenemos a la castañera picada. La dejo, no sea que me muerda.

Después que se alejó, la plática recayó sobre él. Joaquinita, dominándose sincera o disimuladamente, me hizo grandes elogios de su carácter y corazón.

—Siempre estamos riñendo, como usted ha visto, y sin embargo, creo que es el mejor amigo que tenemos. No hay otro más servicial ni más cariñoso si llega el caso. Cuando la enfermedad de mi hermana Ramoncita, que hace seis meses estuvo a la muerte, no salía un momento de esta casa: hablaba con el médico, iba a buscar las medicinas, la velaba... en fin, un hermano no haría más. Si no fuera que se chifla con facilidad...

—Parece que ahora está enamorado—dije yo.

—¡Ahí le duele! ¡Pobre Villa!

—Qué, ¿no le corresponde su novia?

—¡Novia! Que Dios haga. Se ha ido a enamoricar el pobrecillo de una mujer que sólo goza teniendo a los hombres rendidos a sus pies... Además, aquí entre nosotros, y que no sea decir nada contra Villa, que es una excelente persona, ¿cree usted que es partido para la condesa del Padul un comandante de infantería?

Por no murmurar de un amigo ausente, me encogí de hombros. Joaquinita se extendió bastante a relatarme los pormenores de la pasión del comandante. Aunque envuelto en frases muy lisonjeras para éste, pude adivinar cierto rencor en su relato, y alguna fruición al compadecerse de su malandanza.

Nos interrumpió la voz de una señorita pequeña, chatilla, regordeta, que colocada frente al piano cantaba el rondó final de Lucía. No hubo más remedio que escucharla. Lo notable es que la acompañaba un clérigo en traje de seglar y alzacuello, el cual entornaba la cabeza hacia atrás de vez en cuando y le dirigía miradas lánguidas, moribundas, para alentarla a dar sentimiento y expresión a las notas, o por ventura para atestiguar que él, a pesar de su carácter sacerdotal, no era insensible a aquella música tierna y amorosa. Tendría el presbítero unos treinta y cuatro o treinta y seis años de edad, de tez morena acentuada, ojos grandes y negros y manos velludas. Pregunté a Joaquinita quién era, y supe que se llamaba D. Alejandro y que desempeñaba un destino en la catedral. Cuando hubo cesado la señorita y la hubieron colmado de aplausos, del centro del patio salieron algunas voces diciendo: