—¡Don Marcos—le dije con acento dolorido—se me escapó la Peseta!

—¡Ay, hijo mío, cuántas se me habrán escapado a mí!—me respondió sonriendo.

Yo no entendí el equívoco y creí de buena fe que había tenido muchas perritas y se le habían escapado. Y le compadecí sinceramente.

Pero cuando llegué a casa el Muley, el obeso perro de caza de Cayetano, vino a mí y me consoló de la traición de aquella pérfida. ¡Qué honradote era aquel Muley! ¡qué gracioso! ¡Qué buen carácter tenía! Aunque me montase sobre él, aunque le tirase de las orejas y del rabo jamás le he visto enfadado. Lo único que hacía era sustraerme bonitamente el pan de la merienda. Pero lo ejecutaba con tal gracia y destreza que se lo perdonaba de todo corazón. Aquella tarde me hizo feliz y se tragó tres buenos cachos de pan y un gran pedazo de queso.

Por la noche, después de cenar me recosté en el gran sofá del comedor, cerca de mi madre, que ocupaba el otro extremo. Más de una docena de mujerucas de la aldea vinieron a hacernos la tertulia. Como no había sillas bastantes, muchas de ellas se acomodaron en el suelo. Mi padre en un ángulo de la estancia fumaba un cigarro puro y charlaba con el señor cura, el notario don Salvador, el abogado Juncos y Cayetano. Las mujerucas hilaban y mi madre hilaba también sirviéndose de una preciosa rueca con incrustaciones de marfil que le había regalado mi abuelo. Sus dedos de hada torcían el hilo tan fino que las mujerucas no se hartaban de admirarla. De vez en cuando posaba en mí sus grandes, hermosos ojos negros, y sonreía dulcemente.

Los míos se entornaban ya a mi despecho para dormir. Sentía perder de vista por algunas horas el paraíso en que la Providencia me había colocado. A mis oídos llegaba, sin embargo, la conversación que sostenía mi padre con aquellos señores. Se hablaba de unas cosas espantosas, del robo que se había cometido hacía pocos días en casa del señor cura de Pelúgano, de la ferocidad de los ladrones, de los tormentos que habían infligido al buen sacerdote y a su ama de gobierno para hacerles declarar dónde estaba escondido el dinero. Pero todo aquello no era más que una horrible pesadilla. Yo estaba en el Paraíso, me hallaba absolutamente convencido de ello, y ansiaba despertarme para gozar nuevamente de sus alegrías inmortales.

II
UNA SUERTE ORIGINAL DEL TOREO

Después de tan larga ausencia mi padre tenía muchos asuntos que arreglar en Laviana. Permaneceríamos, pues, allí no sólo el verano sino el otoño, acaso también el invierno; en fin, una eternidad. Yo me dispuse a pasar la eternidad como la pasan los ángeles, suponiendo que los ángeles no tengan colegio. Mi padre me había anunciado que todos los días aprendería mis lecciones de gramática y de historia sagrada y escribiría mi plana; pero yo conocía a mi padre perfectamente aunque no le hubiese engendrado y la eficacia de sus preceptos cuando éstos tendían a molestarme.

Me puse, pues, tranquilamente en los primeros días a recorrer el Paraíso terrenal y a reconocer sus parajes más deleitosos empezando por nuestra morada. Era un gran caserón hecho a retazos por sucesivas generaciones. Para pasar de una habitación a otra había que subir o bajar casi siempre un escalón y esta circunstancia me impresionó muy agradablemente en su favor, no sé por qué. Quizá, sin darme cuenta de ello, previese que aquel constante subir y bajar iba a influir beneficiosamente en el desarrollo de mis piernas. Sin embargo, lo primero que desarrollé fué la cabeza, pues di unas cuantas caídas que levantaron otros tantos chichones en ella.

Había una gran sala en la parte trasera, que llamaban la sala nueva aunque era terriblemente vieja y a entrambos lados de la casa dos amplios corredores de rejas guarnecidas con sendas parras. Los muebles eran feos y toscos: sobre todo un reloj de pesas tenía tan espantosa catadura, que no podía mirarlo sin sentirme inquieto, y cuando iba a dar la hora comenzaba a producir unos ruidos extraños y odiosos que me asustaban.