Al día siguiente de tan graves sucesos observé, con sorpresa, que mis cadenas se hallaban en perfecto estado de conservación. Quiero decir que me vi obligado a estudiar mi lección de Geometría lo mismo que si no hubiera caído la dinastía de los Borbones. Es vergonzoso decirlo; pero no puedo ocultar que esto enfrió un poco mi ardor democrático.

Y no bastaba a mantenerlo vivo la circunstancia de estudiar los catetos y las hipotenusas a los acordes del Himno de Riego. Antes, por el contrario, este Himno, sonando día y noche por las calles, llegó a producirme un malestar indecible. Después de tantos años transcurridos, si por casualidad le oigo cantar o tocar, surge ante mis ojos, repentinamente, una legión espantosa de triángulos, cuadriláteros, polígonos, rombos y romboides, y me siento mareado y acometido de náuseas.

No solamente el Himno de Riego fué nuestro consuelo en los primeros días de la era revolucionaria. Había otros varios espectáculos interesantes. Entre ellos, uno de los mejores era ver desfilar, noche y día, al Batallón de la Guardia nacional. Este batallón se componía, en general, de vecinos desocupados. Los había también ocupados, pero predominaban los primeros. Allí estaba Epifanio, famoso bebedor de sidra, y Roque, igualmente renombrado bebedor de sidra, y Manolo, que bebía asimismo mucha sidra, pero dejaba siempre un hueco para la ginebra. Allí formaban el carnicero de la plaza de los Trascorrales y el mancebo de la tienda de mercería de la calle de San Antonio y el hojalatero de la calle del Peso.

Todos estos sujetos marchaban con el fusil al hombro, pero con su propia indumentaria, esto es, sin uniforme ni distintivo alguno. Hay que confesar que lo que ganaba de esta suerte en animación y colorido lo perdía en marcialidad. Pero sabían todos ellos compensar esta deficiencia con la gravedad bélica que imprimían a su rostro, ya atravesasen a paso de carga por las calles, ya evolucionasen majestuosamente en el parque de San Francisco. Es imposible que las hordas de los hunos capitaneadas por Atila marchasen más ceñudas y con más expresión de ferocidad guerrera.

Las mismas familias apenas podían reconocerlos en tales ocasiones.

—¿No ves a Pachín?—decía una madre a su chiquitín que llevaba de la mano.

—¿Cuál? ¿Cuál?—preguntaba el niño, abriendo mucho los ojos.

—Aquel, aquel que va allí con el sombrero de medio lado.

—¡Pachín! ¡Pachín!—gritaba el chico a su hermano mayor después de reconocerle.

Pero Pachín, al cruzar por delante de él, le dirigía una mirada torva que le helaba de espanto.