Un viernes del mes de noviembre, cuando ya tenía el lobo más de un año, fuí al mercado de Cabañaquinta llevándolo conmigo. Monté a caballo temprano, pasé la Collada y en tres horas poco más o menos di en el mercado. Ya sabrás que Cabañaquinta está detrás de la Peña-Mea y que hay que atravesar para llegar a allá todos esos montes, que ves delante de casa.

Pasé el día arreglando mis asuntos y por la tarde me metí en la taberna de Andrea donde encontré a Xuanón, el célebre matador de osos que habrás oído nombrar, y a don Salustiano el escribano. Me enredé en una partida de brisca con ellos de tal modo que cuando acordé conmigo eran las ocho y ya hacía más de una hora que había cerrado la noche:

Monto a caballo y pico espuelas para casa. La noche estaba fría ya de verdad: en los altos había caído bastante nieve. Antes de doblar la Collada se me ocurrió mirar hacia atrás y no veo a Ramonín. Silbo, le llamo. Nada. «Ese pícaro se me escapó al monte—dije para mí—. Hice mal en traerle por estos sitios.»

Deploré el percance porque repito que estaba contento y ufano con el animal. Además me dolía la pérdida del collar que me había costado nueve pesetas. Doblo al fin la Collada y marcho bien tranquilo aunque al paso más vivo que en aquellos endiablados caminos podía seguir el caballo, cuando de pronto éste se para en firme, levanta las orejas y se estremece. Le hinco las espuelas y en vez de arrancar de nuevo retrocede. Comprendí en seguida que había olido el lobo. Y en efecto, al instante percibo el bulto de uno a la claridad de las estrellas, porque no había luna. Echo mano al revólver y veo repentinamente otro del lado opuesto del camino. Y en menos tiempo que se cuenta se me ponen delante tres, cuatro, cinco... yo no puedo decir cuántos. Acaso el miedo espantoso que se apoderó de mí los haya multiplicado. ¿Pero qué es lo que veo además? Pues veo entre ellos al mismo Ramonín con su collarito reluciente dispuesto al parecer a arrojarse sobre mí como todos los demás.

El caso era apurado como comprenderéis. Hasta entonces no había visto nunca la muerte tan cerca de mis ojos. Me tiré del caballo y comencé a disparar tiros a ciegas, pues el miedo me impedía pararme siquiera a apuntar. Los lobos huyeron, pero no se pasaron muchos segundos sin que volviesen de nuevo. Me vi muerto; ya había disparado los seis tiros y no traía más cápsulas. Pero Dios no quiso que lo fuese en aquella ocasión. Detrás de mí oí gritos de gente que llegaba. Eran los tenderos ambulantes que regresaban a la Pola. Habían encontrado mi caballo, que huía despavorido, y lo habían detenido. Creyendo por los tiros que me habían asaltado ladrones venían corriendo y gritaban para infundirme valor. Los lobos al escuchar aquel ruido desaparecieron otra vez de mi vista.

Mucho se sorprendió aquella caravana, que no bajaría de veinte personas entre hombres y mujeres, de lo que me había sucedido. Sobre todo la traición de Ramonín excitó tanto su curiosidad que no se hartaban de hacer comentarios. Me dieron un vaso de vino y después que me hube serenado un poco monté de nuevo a caballo y con ellos llegué hasta aquí.

Aunque ya era cerca de las once todos estaban levantados esperándome.

—¡Qué cara traía, válgame Dios!—exclamó Pachón riendo.

—Peor la traías tú cuando te dieron aquella manta de palos los mozos de Rivota el día del Obellayo—repuso Cayetano encolerizado.

Nos acostamos y al día siguiente por la mañana apenas me había levantado de la cama vino José Mateo a decirme: