¡Qué decepción! ¡Qué amargo desengaño! No es que el libro me pareciese feo: al contrario, mejor que antes podía reconocer su mérito. Pero no hallaba en él aquello que en otro tiempo había visto. Me parecía seco, pálido, y me preguntaba con tristeza. ¿Dónde está ahora aquel pájaro seductor, aquel poeta alado que saltaba gorjeando delante de mis ojos? ¿Dónde están aquellas representaciones interesantes de sus amores, de sus sabias construcciones, de sus viajes, de sus costumbres pintorescas? Comparado el libro con el que yo había leído lo encontraba admirablemente escrito, pero falto de imaginación y de vida. ¿Es que carece de esto? No; quien carece soy yo...

Lejos de mi ánimo la pretensión de resolver ni siquiera plantear el problema de la subjetividad u objetividad de la belleza. Sólo quiero indicar a los autores que deben apetecer para sus libros lectores imaginativos más que cultos. Un crítico distinguirá admirablemente lo que es bello y lo que es feo en una obra de arte, pero nunca gozará de ella de modo tan intenso como un adolescente dotado de imaginación y sensibilidad. ¿Que lo mismo goza con una obra maestra que con una mediana? Esto no debe de humillar al autor. Si es hombre de corazón y no excesivamente vanidoso debe deleitarse particularmente con el deleite que proporciona a los demás. Obsérvese que me refiero a la adolescencia cuando, si el juicio no es seguro, las impresiones lo son más que nunca. En cuanto a la infancia no se puede contar con ella tratándose del arte literario. Los niños no sólo no distinguen sino que rara vez sienten.

Mientras yo lo fuí me seducían extremadamente las historias de bandidos. Una de las novelas que más me impresionaron fué la titulada Los siete niños de Ecija por Fernández y González. Hubo un instante de mi existencia en que tuve clara vocación de salteador. Felizmente duró poco tiempo. Después leí las hazañas de Bernardo del Carpio y los Doce pares de Francia y quise ser guerrero. Tampoco duró mucho. Más adelante, entrando ya en la adolescencia, aspiré a la condición de salvaje leyendo Los Natchez de Chateaubriand. Esta novela exótica me causó una impresión profunda y sentimental, no ya puramente imaginativa. Quedé tan prendado de aquellos pieles rojas, que soñaba con partirme a América como René y presentarme a algún descendiente del viejo Chactas para que me afiliase en su tribu después de haber fumado el «calumet de paz». Soñaba con aquella dulce y hermosa Celuta y hacerla mi esposa. Y me prometía amarla más y mejor que el hipocondríaco René haciéndola tan feliz como merecía. Soñaba con la simpática y juguetona Mila a quien también hiciera mi esposa si no fuera gran pecado la poligamia. Soñaba con aquel grande, aquel noble Outugamiz hermano de Celuta. Su inquebrantable lealtad me penetró tanto en el alma que cuando fuí a Oviedo y escribí a un amigo que dejaba en Avilés empezaba mi carta: «Mi querido Outugamiz». Todavía recuerdo con incomprensible emoción cierta excursión por el Misisipí en una noche calurosa del estío. La mayoría de los guerreros dejó la piragua y se lanzó al agua para hacer el trayecto a nado: las mujeres los imitaron, y toda aquella muchedumbre se dejaba arrastrar por la suave corriente del río bajo un cielo tachonado de estrellas, donde la luna nadaba también feliz y serena como ellos. Los guerreros se contaban en voz alta sus hazañas y los amantes se deslizaban cogidos de la mano murmurándose dulcemente sus secretos. Esto es lo que recuerdo de aquella poética descripción. No sé si me será fiel la memoria después de tantos años, porque no he vuelto a leer esta novela. Si ahora lo hiciese no sé por qué imagino que aquellos salvajes, que tanto me cautivaron, me harían vomitar.

Cuando alcancé los doce o trece años me placía registrar la biblioteca de mi padre donde había hallado las obras de Chateaubriand y otros libros de amena literatura. También los tenía científicos y algunos me interesaron vivamente. Si no he logrado nunca ser hombre de ciencia he tenido despierta desde mi infancia la curiosidad científica. En uno de aquellos registros tropecé con un libro extraño ilustrado con unas estampas horrorosas. Era un tratado de la virilidad.

—¿Qué es esto?—pregunté a mi padre que estaba escribiendo.

Levantó la cabeza, miró el libro, me miró a mí fijamente y quedando un instante pensativo respondió:

—Léelo.

Aquella palabra fué mi salvación. Habrá personas timoratas que se asombren y aun se escandalicen de la audacia de mi padre. Sin embargo yo bendigo su memoria por ésta como por las muchas cosas buenas que ha hecho conmigo.

XIX
FRAY MELITÓN

Si el Cielo me concediese una nueva existencia en este nuestro planeta de la orden de menores y me diera a escoger el sitio donde se deslizase mi infancia, respondería sin vacilar: ¡Avilés!