—Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al chicuco para pagar. Cuando lo hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:

—¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?

Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.

—¡Vamos, Miguelillo, confiesa!

—¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este pañuelo de seda que usted ve—repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado tres pesetas. El majo soltó una carcajada.

—Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo.

Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete de diez duros.