—Dentro de media hora te espero en ella.

Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y seria.

—¿Qué te decía Antonio, querida?—preguntó el majo.

—¡Antonio!—exclamó la morena con sorpresa.—¿Qué me había de decir Antonio?... Nada.

—¿No estaba hablando contigo en este momento?

—¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por mi sobrinito.

—Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura que yo no esté delante—manifestó el guapo con calma amenazadora.

María quedó turbada y balbució con timidez:

—¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te remontas...

—No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.